Espacio Súnion · Historia del cristianismo
Cada 26 de julio, miles de iglesias de todo el mundo celebran la onomástica de Santa Ana, madre de la Virgen María y abuela de Jesús. Su nombre aparece en ciudades, hospitales, monasterios y grandes santuarios de peregrinación. Desde 2021, la Iglesia conmemora en torno a su fiesta la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores.
Todo apunta a una figura arraigada en el corazón del cristianismo desde sus orígenes. Quien busque a Santa Ana en el Nuevo Testamento, sin embargo, no la encontrará. Ni Mateo, ni Marcos, ni Lucas, ni Juan mencionan a los padres de María; el texto canónico ni siquiera recoge su nombre. ¿Cómo llegó una desconocida para los evangelistas a ocupar semejante lugar en la memoria religiosa de Europa y América?
La respuesta reside en la curiosidad de los primeros cristianos por aquello que los evangelios callaban: quiénes fueron los padres de María y de qué familia procedía Jesús. De esas preguntas nacieron varios relatos destinados a llenar los vacíos del Nuevo Testamento.
Una historia en cuatro claves
- Su nombre no aparece en los evangelios canónicos.
- La tradición procede sobre todo del Protoevangelio de Santiago.
- La fiesta del 26 de julio se consolidó lentamente en la Edad Media occidental.
- Su figura unió durante siglos maternidad, enseñanza, memoria familiar y devoción popular.
El relato más influyente fue el Protoevangelio de Santiago, compuesto hacia mediados del siglo II. Nunca fue reconocido como Escritura y, aun así, moldeó buena parte de la cultura cristiana posterior. En sus páginas aparecen por primera vez Joaquín y Ana, un matrimonio anciano al que, tras años de esterilidad, se le anuncia el nacimiento de una hija destinada a ser la madre del Mesías. El motivo resultaba familiar para cualquier lector de la Biblia: como Sara, Rebeca o aquella otra Ana que concibió al profeta Samuel, la futura madre de María engendra cuando toda esperanza parecía perdida.
Pese a permanecer fuera del canon, el Protoevangelio proporcionó a la cristiandad los nombres de los abuelos de Jesús, influyó en la liturgia oriental y ofreció a artistas y predicadores una historia que los evangelios nunca habían contado. La memoria de Santa Ana comenzó a perfilarse mucho antes de que Roma la inscribiera en su calendario.
Un nombre que tardó más de mil años en fijarse
Esa inscripción tampoco fue inmediata. La fecha del 26 de julio tiene su propia historia, hecha de tradiciones orientales, usos locales y decisiones pontificias a lo largo de más de un milenio.
Las primeras noticias proceden de Oriente. Allí el culto a Santa Ana se remonta al siglo IV, y su fiesta, el 25 de julio, conmemoraba la dedicación de una iglesia levantada en Constantinopla bajo Justiniano o, según otra tradición, la llegada de sus supuestas reliquias a la ciudad en el año 710. Los griegos celebraban además a los dos esposos juntos el 9 de septiembre, un día después de la Natividad de María, enlazando así a los padres con el nacimiento de la hija. La devoción a Santa Ana tenía ya varios siglos de vida cuando llegó a Occidente.
Occidente recorrió un camino más lento. Durante largo tiempo la Iglesia latina desconfió de las tradiciones apócrifas y solo entre los siglos XII y XIII, cuando la espiritualidad medieval dirigió su atención hacia la infancia de Cristo y la Sagrada Familia, comenzó el 26 de julio a consolidarse como fecha propia de Santa Ana.
La investigación reciente ha corregido una idea muy difundida. Suele atribuirse la fijación de la fecha a una sola decisión pontificia, cuando la documentación revela un proceso considerablemente más gradual. El 26 de julio no procedía del 25 bizantino, sino que surgió de forma autónoma en el Occidente medieval, impulsado por la difusión de la Leyenda Dorada, y ya figuraba en calendarios locales del norte de Francia antes de cualquier intervención romana. Uno de los testimonios más antiguos se conserva en un misal medieval de Vercelli, con la inscripción VII Kalendas Augusti, sanctae Annae matris beatae Mariae Virginis, el 26 de julio. Otros calendarios confirman esa difusión previa por Europa. La aportación de Roma consistió en unificar una tradición ya consolidada.
El recorrido guarda incluso un enigma. La bibliografía atribuye a Urbano VI la introducción de la fiesta en Inglaterra el 21 de noviembre de 1378, desde donde se extendería al resto de la Iglesia occidental. Suele identificarse esa disposición con la bula Splendor aeternae gloriae; su texto latino, sin embargo, todavía no ha aparecido en las ediciones digitalizadas del Bullarium. La documentación se vuelve firme con Sixto IV: la Biblioteca Apostólica Vaticana conserva un Breviarium Romanum impreso en 1481 en el que Santa Ana ya forma parte del oficio romano.
La reforma tridentina estuvo a punto de borrarla. Al revisar el calendario tras el Concilio de Trento, Pío V suprimió la fiesta por considerarla demasiado reciente. La medida tuvo escasa vigencia: en 1584, Gregorio XIII la restituyó con la nueva edición del Martyrologium Romanum, y desde entonces el 26 de julio quedó fijado.
El culto a Joaquín siguió un recorrido más irregular. Mientras Oriente lo celebraba junto a Ana desde época temprana, en Occidente no arraigó hasta después de 1584. La celebración conjunta de ambos esposos llegó tras el Concilio Vaticano II: en 1969, el motu proprio Mysterii Paschalis de Pablo VI trasladó a Joaquín al 26 de julio, la fecha de Ana, y reunió a los dos como padres de María. Cuando Francisco instituyó en 2021 la Jornada de los Abuelos, recuperó una memoria cuya configuración había requerido casi un milenio.
De una tradición medieval a una devoción mundial
El calendario le garantizó una fecha. El arte, la predicación y la expansión del cristianismo la llevaron a la vida cotidiana de millones de personas.
A finales de la Edad Media, la madre de María presidía ya retablos y capillas por toda Europa. Leonardo, Durero o Murillo la pintaron en una composición que el arte llama Santa Ana triple: la abuela, su hija y el Niño reunidos en una misma imagen, tres generaciones que resumen en un solo cuadro la genealogía de la Encarnación.
Ana se convertía así en maestra. Isabel de Villena la retrataría en su Vita Christi como una abuela más de la Sagrada Familia.
En Europa, esa devoción se tradujo en patronazgos que todavía hoy vertebran la vida de numerosos pueblos y ciudades. En Sevilla, la Velá de Santa Ana, la fiesta popular más antigua de la ciudad, nacida en el siglo XIII de un voto de Alfonso X el Sabio, reúne cada 26 de julio al barrio de Triana en torno a casetas, música y procesiones fluviales por el Guadalquivir. En Tudela, patrona de la ciudad desde 1530 tras un voto formulado durante una epidemia de peste, la santa da nombre a siete días de fiestas mayores. En Bretaña, donde Pío X la proclamó patrona en 1914, los fieles la invocan como mamm-gozh, «la abuela».
Esa Ana maestra fue también la que cruzó el Atlántico. Los misioneros viajaron a América con mucho más que la Biblia y los sacramentos: llevaban un mundo de imágenes y advocaciones que durante siglos había acompañado a las comunidades cristianas. Su nombre quedó ligado a Santa Ana de los Ríos de Cuenca, fundada en 1557 en el actual Ecuador; al barrio de Santa Ana del Cusco, en el antiguo corazón del Tahuantinsuyo; y a numerosas localidades de México, Centroamérica, Filipinas y las reducciones jesuíticas del actual territorio argentino y boliviano.
Pocas advocaciones nacidas de un texto apócrifo han dejado una huella semejante en la toponimia y la religiosidad popular de tantos países. La devoción levantó grandes santuarios a ambos lados del Atlántico, de Sainte-Anne-d’Auray en Bretaña a Sainte-Anne-de-Beaupré en Canadá, y llega hasta la propia Santa Sede: el único templo parroquial del Estado pontificio es la Pontificia Parroquia de Sant’Anna in Vaticano, erigida por Pío XI en 1929.
La abuela de Jesús y un desafío del siglo XXI
Durante siglos se invocó a Santa Ana como protectora de las madres y las embarazadas. Hoy representa una realidad distinta: la memoria viva de los mayores que nos precedieron. El cambio se produjo el 31 de enero de 2021, cuando Francisco anunció la Jornada Mundial de los Abuelos y de los Mayores y la situó en el domingo más próximo al 26 de julio. Ni la fecha ni el momento fueron casuales: la pandemia acababa de dejar al descubierto la soledad de tantas personas mayores. Francisco los describió como «el eslabón entre las generaciones».
León XIV ha mantenido esa orientación. Para 2026, cuando la Jornada cae en el propio 26 de julio, ha elegido como lema una frase del profeta Isaías: «Yo no te olvidaré». Casi dos mil años después, la madre de María sigue respondiendo a preguntas que los primeros cristianos ni siquiera se plantearon.
Ningún evangelio conserva una palabra suya. Ningún episodio de su vida pertenece al canon. Su memoria nació en un escrito apócrifo, varias generaciones después de la muerte de Jesús, y durante siglos permaneció al margen de la gran historia doctrinal de la Iglesia. Y, con todo, pocas figuras han ejercido una influencia semejante.
Cada época leyó el mismo nombre desde una pregunta distinta: la Edad Media buscó un modelo de madre y de maestra, el mundo atlántico la convirtió en una advocación global, el siglo XXI ha subrayado a la abuela que transmite experiencia. Su trayectoria ilustra un fenómeno que trasciende su propia figura: la memoria colectiva se construye con grandes acontecimientos y textos fundacionales, con imágenes, fiestas, peregrinaciones y gestos cotidianos que cada generación recibe, reinterpreta y transmite a la siguiente.
Quizá esa sea la verdadera razón de su permanencia. De su vida sabemos apenas unas líneas; su figura, en cambio, ha logrado expresar durante casi dos mil años una única realidad: el vínculo entre quienes se van y quienes llegan. Cada 26 de julio, mientras miles de iglesias vuelven a celebrarla, la gran ausente de los evangelios nos recuerda que ninguna sociedad se entiende a sí misma si olvida a quienes la precedieron.